viernes, 14 de junio de 2013

La música, con letra entra

La editorial Júcar puso en marcha la colección Los Juglares con la intención de dar a conocer la canción, entonces, llamada protesta, luego de autor, cuando todavía la censura se cebaba sobre muchos de los nombres que ocupan ahora las portadas de unos libros descatalogados en la mayoría de los casos, papel de rastrillo o de librería de viejo, pero que aún pese a su evidente desgaste sigo leyendo de vez en cuando para adentrarme en las canciones que me acercan a sueños y realidades presentes en generaciones muy alejadas de, por ejemplo, los años en que salieron los primeros discos de Bob Dylan, Jacques Brel o Joan Manuel Serrat, los tres primeros cantantes que aparecieron en la citada colección.


En recuerdo de Los Juglares, nombro algunos de los libros que ocupan un lugar destacado en los anaqueles de mi biblioteca y son, a menudo, motivo de consulta por muchas razones en las que no falta, por supuesto, el simple goce de leer la letra de una canción escrita en principio en un idioma desconocido, pero común a la sensibilidad de quien escribe.

Descifré lo que decían las canciones compuestas e interpretadas por Jim Morrison, David Bowie, Frank Zappa, Jackson Brown, Leonard Cohen, Simon y Grafunkel, Kris Kristofferson y The Rolling Stones, entre otros, cuando no eran en mi propio idioma las letras de tangos, corridos, blues, rock  o canciones de Daniel Viglietti o Vinicius de Moraes, por citar un par de latinoamericanos.

La colección me informó sobre otros estilos musicales que se produjeron o producían fuera de España. Donde no llegaban los escasos y sesgados datos de los medios audiovisuales, estaban los libros que adentraban al lector en el blues, el gay rock o el rock ácido de california, por ejemplo.


Sin embargo, nunca olvido las canciones de gentes de España, sobre todo aquellas surgidas con la década de 1960, algunas ya olvidados, otros desaparecidos para siempre, y unas pocas aún en el candelero. De acuerdo que no están todos, pero también es verdad que constituyen un importante listado de voces que se pueden escuchar con deleite en cientos de grabaciones, algo que cuando salieron los primeros números de Los Juglares no se producía totalmente, por razones evidentes de la época que ahora no voy a recordar.

Pero, dejo de lado las batallitas y vuelvo a los libros mencionados, desde el dedicado a la Nueva Canción en Castellano hasta el de Joaquín Sabina. En el medio aparecen gentes de Cataluña -la pionera en la moderna canción de autor-, Andalucía, Madrid y Aragón. Todas las obras abordan muy bien en un pasado no muy lejano que nos habla en un idioma claro que se entiende, por el que no pasa el tiempo, pero que, a la vez, nos acerca sentimientos presentes como la alegría, la melancolía, la frustración, el amor... 



En fin, como dijo alguien, la canción a veces es la mejor manera de acercarse a una sociedad pues a través de ella se hace presente todo aquello que los tratados de historia no incluyen en sus páginas. Por eso entono una vieja canción que dice: Pueblo de España, ponte a cantar. Pueblo que canta, no morirá.

martes, 7 de mayo de 2013


 Vicente  Blasco Ibáñez


Desde mi adolescencia, por encima de modos y modas, periódicamente vuelvo a la escritura de Vicente Blasco Ibáñez (Valencia, 1867 - Menton-Costa Azul francesa -, 1928). a quien leí por primera vez en la inolvidable edición de sus obras completas llevadas a cabo por Aguilar, unos gruesos tomos, tres en total, de tapas de piel y letras doradas en las mismas.

Desde entonces, a mi manera, clasifiqué sus libros según el contenido de los mismos. Unos naturalistas ambientados en su región de origen tanto en lo urbano, Arroz y tartana, como en lo rural, Cañas y barro. Sin duda, junto con La Barraca forman la trilogía más acertada del autor. Otras obras son las de temática social, La catedral, con la consiguiente carga contra el clero y la jerarquía eclesiástica, lo cual no dejaba duda de las ideas del escritor valenciano, escorado al republicanismo combativo y vehemente opositor a la monarquía.

En su haber literario, hay además novelas de aproximación histórica, tan de moda en la actualidad y también en aquel año de 1901, cuando se publicó Sónnica la cortesana, que tienen como fondo Sagunto y su destrucción por los cartagineses.

Especializado en los tiempos largos, Blasco Ibáñez también abordó el relato corto, Cuentos valencianos, es el título de los mejores del ilustre masón, republicano, millonario, preso, conspirador, empresario, periodista, que, a pesar, de ser rechazado por los escritores más intelectuales de su generación y de las siguientes, en especial de los denominados del 98, fue de los pocos que vivió del trabajo de escribir. No le pudieron perdonar, los más resentidos, el éxito por las ventas de sus libros y adaptaciones de sus novelas al cine de Hollywood. Pero además de moverse como pez en el agua dentro del periodismo de su época, incluida su presencia como corresponsal en las trincheras de la I Guerra Mundial, Blasco Ibáñez fue investido doctor honoris causa por la universidad de la capital de Estados Unidos. 

La envidia es mala consejera, sin embargo, ese defecto, tan abundante entre los ibéricos, no impidió que Blasco Ibáñez, aunque furibundo republicano, fuese uno de los autores más leídos durante el franquismo, incluso alguna obra suya estuvo prohibida mucho antes de ese infame periodo de tiempo, pero no por ello desaparecida como La araña negra. 

Desde aquí reivindico al escritor para que se recuperen libros que ilustran esta pequeña aproximación a la obra del universal valenciano, considerado tosco por unos y disparatado por otros. En mi caso, llegué al final de esas obras de tapas coloreadas con coloridoss sorollescos.

.De acuerdo, no son todas las que están, se pueden añadir las de ambientación cosmopolita, viajes y sobre la guerra, pero es mejor ir poco a poco adentrándose en los libros de Blasco Ibáñez.


jueves, 4 de abril de 2013


Isabelle Eberhardt, una biografía

¿Qué llevó a una mujer de 20 años, como Isabelle Eberhardt (1877-1904), al norte de África a finales del siglo XX? Explicaciones las hay, algunas convincentes como las que recogen el libro Isabelle Eberhardt. Biografía, de la egipcia Eglal Errera, en Editorial Circe. Una obra que sirve para ahondar en la faceta literaria de la escritora nacida en Suiza que adoptó la lengua francesa y profesó el islamismo 

Muchas pueden ser las respuestas, aunque la principal causa de la huida, más bien búsqueda, se enmarca en las ansias de libertad y alejamiento del opresivo hogar en Ginebra (Suiza). En la singular mansión paterna, Isabelle dio sus primeros pasos y adquirió un heterodoxo bagaje cultural fruto de las enseñanzas de su padre, un anarquista de carácter atrabiliario y origen armenio. De la pasión por la cultura islámica,  surgió el viaje y posterior desembarco en Argelia, junto a su madre, huyendo también en parte del violento carácter paterno. Ex pope de la iglesia ortodoxa, Alexandre Trophinowski, salió de la Rusia zarista con la madre de Isabelle y los tres hijos de la dama habidos del matrimonio con el general Paul Carlowitch de Moerder, quien nunca renunció al amor de su esposa. La mujer del general parió en Suiza a Isabelle, pero Alexandre nunca reconocería esa paternidad.

Preparada tanto para el trabajo físico como para la creación literaria, la joven Eberhardt pierde pronto a su madre en la aventura argelina, lo cual no constituye un inconveniente, porque en seguida Isabelle comienza su vida nómada. Convertida al islam, dentro de la corriente qadriya, fija definitivamente, salvo algún viaje esporádico a Europa, su residencia en territorio argelino, todavía en proceso de colonización por parte de Francia. Su fe islámica contrastaba con su anticonvencional modo de vida.

Libre de prejuicios, fumadora de kif, bebedora, desinhibida y a menudo travestida de beduino se dedicó a escribir con pasión sobre el mundo que amaba sin por ello dejar de recorrer a caballo rutas desconocidas para los europeos ya fuera con el ejército francés, en compañía de nativos o a solas. Su particular forma de vida no pasó inadvertida tanto para nativos como para las autoridades francesas. Sufrió un atentado de un fanático musulmán que casi le cuesta la vida y fue acusada de espía por los franceses. "En cuanto a mí, sólo deseo tener un buen caballo, compañero mudo y fiel de una vida soñadora y solitaria, algunos servidores, casi tan humildes como mi montura, y vivir en paz, lo más lejos posible de la agitación -en mi opinión, estéril- del mundo civilizado, en el que me siento de más.


El nomadismo de Isabelle, que firmaba sus escritos como Mahmoud Essadi, tampoco le quitaba tiempo para desarrollar su pasión por las letras, bien colaborando en diarios, anotando sus diarios o escribiendo narraciones sobre el desierto y sus gentes. Tuvo tiempo de casarse con un argelino enrolado en el ejército francés, hasta que la enfermedad y los excesos fueron minando su agraciado físico, agudizados seguramente por su estoicismo y ausencia de celo por una vida cómoda. En sus últimos años vivía casi de la ayuda de conocidos y amistades. Una de las pocas fotografías a la puerta de su casa muestra a una Isabelle envejecida y deformada por los ropajes beduinos que nunca abandonó.

"Lo que tantos soñadores han buscado, lo ha encontrado gente más sencilla. Más allá de la ciencia y del progreso de los siglos, bajo las cortinas levantadas del porvenir, veo pasar al hombre futuro... Y comprendo también que uno pueda acabar en la paz y el silencio de alguna zaouia del sur, acabar en éxtasis, sin deseos ni añoranzas, frente a espléndidos horizontes". Mogreb.

El final le vendrá por sorpresa cuando descansaba en su choza en la localidad de Ain Séfra, Tenía 27 años. A partir de entonces comenzó la leyenda de la denominada amazona del desierto, cuya mitificación humaniza Eglal Errera con el aporte de los ya mencionados diarios y relatos escritos por Isabelle Eberhardt y recuperados debajo de los escombros que la habían matado durante una sorpresiva riada. "Quizá el intenso hechizo de la vida venga de la certidumbre absoluta de la muerte. Si las cosas durarán nos parecerían indignas de apego". Nostalgias. Este es uno de los tantos textos de Isabelle, quien hasta el último momento no perdió su interés por la escritura, a la cual, seguramente aportaría interesantes pasajes como los de dejó fruto de su deambular por tierras entonces poco conocidas. La lectura de sus obras sirve para recalcar que la temprana muerte truncó su arte literario.

Obras en francés:
  • Sud Oranais, 1905, J. Losfeld, Paris, 2003
  • Notes de route : Maroc - Algérie - Tunisie, 1908
  • Pages d'Islam, 1908
  • Trimardeur, 1922
  • Dans l'ombre chaude de l'Islam, 1921
  • Mes Journaliers, 1923
  • Amara le forçat, l'Anarchiste, 1923
  • Écrits sur le sable, édité par Marie-Odile Delacour et Jean-René Huleu, Paris, éd. Grasset, 1988-1989.
  • Rakhil, un roman inédit, La boite à documents, 1996.
  • Au Pays des sables (1re édition sous le titre Contes et paysage, 1925), J. Losfeld, Paris, 2002
  • Écrits sur le sable, édité par Marie-Odile Delacour et Jean-René Huleu, Paris, éd. Grasset, 1988-1989.
  • Amours nomades, éditions Joëlle Losfeld, 2004

Pincha debajo y podrás descargar gratis la obra Amores nómadas.




lunes, 25 de febrero de 2013

150 aniversario de la publicación de Cantares Gallegos (Vigo, 1863), de Rosalía de Castro





Fuente reproducida: Número 3, agosto-septiembre 1980, de Los Cuadernos del Norte

Pulsad Crtl+ para una mejor lectura de las páginas reproducidas

martes, 12 de febrero de 2013


Escobar

Josep Escobar i Saliente (1908-1994)  es uno de los grandes dibujantes de la historieta española que cuenta con una abundante obra artística que comenzó en la década de 1920, pero que tuvo su punto álgido en la editorial Bruguera, sobre todo a partir de los años 40, lo cual no impidió participar en otras revistas juveniles hasta los últimos años de su vida, como Tio Vivo y Guai, respectivamente, por citar dos de las muchas en que dejó sus personajes, algunos de los cuales le han sobrevivido y continúan recibiendo el apoyo de los lectores.

Sin entrar en disquisiciones sobre los personajes más representativos y arquetípicos de diferentes épocas creados por el polifacético Escobar, a continuación dejó unas cuantas páginas del dibujante. Viñetas, al fin y al cabo, que animaron y animan el tiempo de ocio de gente de todas las edades.








domingo, 27 de enero de 2013





Víctor Mora, novelista

Víctor Mora Pujadas (Barcelona, 1931) es un polifacético escritor al que conozco desde que leo tebeos, es decir muchos tiempo, pues pertenezco a una generación orgullosa de haber seguido con entusiasmo a personajes míticos como El capitán Trueno, El Jabato, El cosaco verde, El corsario de hierro, El sheriff King, Dani Futuro y Sunday, a los que he colocado siguiendo más o menos un orden cronológico que comienza a comienzos de los sesenta y termina anteayer, cuando releí las aventuras de Sunday. Todos ellos cobraron vida literaria gracias a los guiones que Mora aportó a los mejores dibujantes de la historieta española desde los años cincuenta.

En esta ocasión, sin embargo, no me voy a centrar en la solvencia como guionista de cómic que Mora ha demostrado desde muy joven. El caso es que fui consciente de su faceta de escritor desde hace unos años, pero nunca me dio por leer libros de tan entrañable escritor. Así que el otro día, en una tienda de libros, no pude resistir la tentación y me hice, tras el pago correspondiente, con dos novelas de Víctor: La mujer de los ojos de lluvia y El tranvía azul.

La mujer de los ojos de lluvia traslada a la Barcelona preolímpica de 1993, donde habitan y pasean personajes de diferente pelaje, desde el especulador inmobiliario a una joven víctima de maltrato. En fin, todo un un mosaico de una gran urbe donde se encuentran todos los ingredientes necesarios para que la corrupción ocupe el lugar predominante dentro de una sociedad en decadencia moral.

 El tranvía azul constituye el recorrido por la misma ciudad de la anterior novela, pero en la década de 1950, cuando comienza el desarrollismo franquista. Dos obras que me han abierto la senda a la obra hasta hace poco desconocida y de un autor a seguir en lo sucesivo.


Una revista con nombre de bebida

El mes de marzo de 1981 salía a la calle la revista policíaca y de misterio Gimlet, al precio de 200 pesetas (1 euro y 20 céntimos más o menos de ahora), proyecto que tendría continuidad hasta 14 números (abril de 1982), bastante tiempo para una publicación periódica que no entraba dentro de los cánones de la prensa de aquellos años de modernidad mal entendida.

 Con un plantel de enamorados de la literatura negra y de misterio, bajo la dirección de Manuel Vázquez Montalbán, Gimlet ayudó a comprender otro tipo de escritura, considerada subgénero y no incluida en los textos escolares. Pero para dignificar el género estaban, además del aludido director, otras personas que conocían y conocen a fondo el género policial, entre otros, Javier Coma, José Luis Guarner, R. Muñoz Suay, Jaume Perich y Salvador Vázquez de Parga, así como corresponsales en Nueva York, Eduardo Mendoza; París, Óscar Caballero, y Londres, Rosa Massegué.

La revista informaba, formaba y entretenía. En esa línea estaban las diferentes secciones de la misma. Había humor gráfico, diccionario, cine, gastronomía, artículos especializados de amantes de lo policíaco y el misterio en la literatura. Cada número ofrecía asimismo relatos de lo más variados (Patricia Highsmith, Juan Madrid, José María Carandell o Stanley Ellin, entre docenas, por ejemplo). A todo lo referenciado se añadían las fotografías, diseño y hasta una publicidad bastante escogida. El atractivo de la publicación estaba tanto en su exterior, con portadas muy artísticas, como en el interior. Fue una pena que no tuviese continuidad.

Por cierto, en todos los números en la página del sumario estaba escrito: "Estábamos sentados en un rincón del Bar Víctor bebiendo Gimlets. "El verdadero Gimlet -dijo-, está hecho mitad gin y mitad de jugo de lima de Rose y nada más. Deja chiquito al martini."(Philip Marlowe, en El largo adiós, de Raymond Chandler).


A continuación, el editorial, escrito por Manuel Vázquez Montalbán, incluido en el número de presentación de la mencionada revista.

Música para maniáticos o música para todos. Esta es la cuestión. Gimlet es el nombre de un cocktail que, al pasar, se toma un personaje de Chandler. Es una palabra fugaz, que deja una memoria fugaz, una huella apenas en la conciencia del lector. Este es el truco básico de la "novela negra". No se retiene al lector, pero de pronto se le da un suave toque, se le marca con un nombre, un gesto, una respuesta, un carácter, una melena, una especial manera de subrayar la realidad con una Beretta o un lápiz de labios.

El título de la revista tiene música de cultura gratuita. Un cocktail, una novela de negras aventuras modernas. Gratuita e inocente, como la gastronomía y el paso de baile final de Lauren Bacall en Tener o no Tener. Gimlet apuesta por una tierra libre para la cultura lúdica, para un tipo de literatura que enseña las mentiras y pide para ellas la sonrisa cómplice de los embusteros. En la confianza de que todos somos embusteros, dentro de lo que cabe, Gimlet es una revista con voluntad y esperanza de mayoría. Esperanza de mayoría que sería prueba y efecto de higiene social, porque la salud de una comunidad puede medirse por el amor o desamor a las culturas lúdicas e inocentes, al paso final de Lauren Bacall en Tener o no Tener.

Dedicada a la novela policíaca en primer lugar, a la novela de aventuras en todos los lugares restantes, a la imaginación y la imaginería de las artes aplicadas a banalizar la dialéctica entre el bien y el mal social, Gimlet no viene a llenar una laguna sino un océano, en la playa chapotean las comedidas bañistas postvictorianas de Agatha Christie y en alta mar nadan los negros personajes de Chester Himes, a la vez Balzac y Zola de una de las cloacas del sistema. Y por el camino aquella vez en que va Bogart y dice... o sale la Bacall y se lo mira al tío así... o a Robert Mitchum se le dispara la ceja en ángulo agudo y... La novela policíaca implica una toma de posición y una reflexión sobre el mal social en el mundo contemporáneo, pero tampoco hay que exagerar, amigo, si quiere documentarse sobre el mal social lea otra cosa. La novela policíaca, y el cine que le ha dado carne, se limitan a ofrecer un paisaje moral sobre el que mueven personajes a los que se les escapa la risa porque saben que lo son.

Tal vez habría que decirlo. Sin duda hay que decirlo. Me parece que voy a decirlo. Gimlet no pretende cambiar el mundo; si acaso aspira ayudar a contemplarlo sin prisas pero sin pausas, como contempla Marlowe a las víctimas y los verdugos que le rodean. Amos y esclavos. Víctimas y verdugos. Estas verdades de fondo serán contempladas a través del filtro ocular de una copa de Gimlet: 1/3 de limón, 2/3 de ginebra, 2 gotas de ajenjo, 1/2 cucharada de azúcar, hielo, una rodaja de limón; se sirve en vaso estrecho.








Manuel Vázquez Montalbán

Fotografía de María Espeus